¿Y qué
si este es mi segundo,
mi último segundo
sobre este lodazal?
Que enrollen las estrellas,
que apaguen la noche
y cierren con llave.
Me iré
sabiendo que,
de entre aquellas cosas que entiendo,
no está mi dolor:
ese agujero
en forma de cremallera abierta,
desabrigándome,
dejándome inútil y vacío
al filo de la duda.
No está la certeza,
ni la apuesta,
ni el susurro
de una verdad que complazca;
que todo brillará de nuevo,
que el amor se consolidó,
que puedo ser feliz.
Tampoco está
la renuncia de lo irrefrenable,
solo la aceptación
y los nervios rotos.
Salgo de la cama,
me apoyo en el balcón
y, besando los pies de la noche, fumo
impaciente
los restos de un día amontonado sobre otro
hasta que el Valium me duerma.
Pienso
en quién pudiera
abrir las piernas al día
con la inocencia y la ilusión
aún intactas.
Sonrío.
Ahora,
que de los sueños
solo quedan ojeras,
sigo abriendo la ventana
cantando a mi Sabina,
acariciando el lomo de Kira
cuando la vida se pone dura
y asusta.
Vuelvo a la cama
cierro los ojos.
Esto también pasará.
Esto también pasará.
Esto también pasará.
Lo digo
como quien deja caer un cigarro
sobre un bidón de gasolina
y espera.
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